He embarrancado. Ya ven como ha quedado mi bergantín atrapado entre las teclas.
¿Recuerdan?, solté amarras dispuesto a navegar por todos los mares, que no existiese un sólo puerto que no hollara, y aquí me tienen, peor que en dique seco.
Resultó que cuando fondeaba con mi querido barquito otros ya levaban anclas. Sus noticias y comentarios siempre me precedían. Por mucho que me esmerase, y voto a satánas que así lo hacía, ¡pardiéz!, no encontraba lugar alguno en el que mis amarres aportasen algo diferente, sea en la forma, o en el fondo. Si lo mío era canela en rama, al menos eso creía, otros ya habían desembarcado sus buenos quintales de aroma incomparable, y si por el contrario, era oro molido lo que yo creía llevar, ya de lejos, casi desde del horizonte, se vislumbraba un resplandor que ya surgía de aquel deseado puerto. Alguién con más enjundia había llegado antes. ¿Y porqué contar, repitiéndolo, lo que otros hacen mejor que yo?
En estas últimas singladuras, navegando por aquí y por allá, he ido recibiendo señas y reseñas de buques y navíos especializados en esto y en aquello, literatura, cine, música, ensayos, ciencia, sea una cosa o la otra, o ambas a la vez, frescos, relucientes, y con sus bodegas a rebosar. Enlaces para dejar boquiabierto a cualquiera. ¿Que hago yo entonces en mi lento y escuálido bergantín?
Decidí varar, apuntalar mi embarcación, carenar todo lo necesario, limpiar fondos, y trazar un nuevo rumbo. Pero no. La marea me dejó encallado entre las teclas sin siquiera darme tiempo a percatarme, y un amigo, de esos del alma, me ha dicho que lo mejor que puedo hacer es dedicarme a leer, que descuide, que no me apresure, que nada de este asunto es perentorio, que ya notaré, leyendo, el momento en el que de nuevo tenga marea. "Eso sí, a la luna no le quites el ojo". Así me dijo, y en eso estoy.

