Lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Baltazar Gracián , allá por 1647.

Esa es mi pretensión con este blog, que mis palabras no me sirvan para fabricar coartadas ni para ocultar mis silencios, que, simplemente -casi nada- cuenten lo que veo y lo que siento. Claro está, compartiéndolas con ustedes, mis amigos.



miércoles, 9 de febrero de 2011

Flavia Company

Ayer conocí a Flavia Company, escritora y navegante; o al revés. Habla con tanta pasión de las dos cosas que no sé a que carta quedarme. Después de dos correos de ida y vuelta, leí en un sólo tirón su última novela "La isla de la última verdad". Me gustó. Y ya le envíé mis dimes y diretes. No les doy ninguna pista.
¡Leánsela!



Este encuentro coincidió, tanto con una de esas boberías que escribo de cuando en cuando -ya terminé el cuaderno que me regaló Bea en navidades-, como con la decisión de abrir una nueva ventana en este blog. La he llamado "relatos". Según el diccionario: "narración, cuento", buenas palabras en las que cobijar esas ocurrencias que surgen al conversar con ustedes, o al andar de aquí para allá.
Seguro que esta conversación con Jaime, que hoy les cuento, está necesitando más de un hervor, pero ahí les va y todo se andará.
Veo, ya se lo dije a Flavia, este blog "...como un baúl, lanzado al mar e impregnado en brea, que navega sin ton ni son así sean los vientos. Un baúl en el que guardar mis cosas y donde mis amigos revuelvan lo que les venga en gana".

Jaime.

Decidí sentarme en aquel murete, junto al vendedor de lotería.
-Buenos días.
-Para quien los tenga.
-¿Así empezamos?
-¿Y que quiere que le diga?, desde las siete de plantón y no he vendido un número. Ya ni se confía en la suerte.
Le miré y él también, aunque no me veía, al menos con sus ojos, cuencas vacías, pero supe que no se le ocultaba quien tenía enfrente.
-¿Y usted, a cuento de que se sienta en mi muro?
-Estaba sorprendido, le respondí, por tantas y tan distintas personas que pasan por este pasillo -no más de un metro de ancho, a duras penas se entrecruzan quienes suben y bajan- y quería observarlas mientras espero la guagua.
-Acaba de salir del Teatro, en diez minutos está aquí; y la gente, mejor ni me hable, las conozco a todas, a las nuevas y a las viejas; usted mismo pasó por aquí antes de que abrieran las tiendas, y sé, por la bolsa que lleva en su mano derecha, que encontró lo que buscaba.
Volví a mirarlo, en silencio, despacio, sin delatar mis movimientos, no más de dos pellejos tenía bajo las cejas, machacadas, de boxeador. Seguí observándolo, quieto, casi sin respirar. No quería darle ni una sola pista sobre el asombro que se movía en mí.
Puntual, a los diez minutos llegó la guagua. Me despedí deseándole de nuevo un buen día.
-Que usted lo tenga y ya me lo cuenta. No deje de pasar por aquí, así no me compre un número. Le espero.
-Volveré
Adiós, y tome, no olvide la bolsa, me dijo, alcanzándomela, estirando sus brazos, sus muñecas vacías, no llevaba reloj, y en ningún momento de la conversación echó mano de alguno de aquellos, redondos, de rosca mayúscula justo donde dan las doce, con tapa, doble tapa, una para resguardar el cristal y otra para levantarlo y así poder pulsar las prominencias de agujas y horarios. No llevaba chaqueta ni bolsillo donde guardarlo. Vestía un grueso jersey de cuello alto, pantalón de chándal gris y cholas que dejaban ver los calcetines; también grises, usados, y tan limpios que mucho había que fijarse, y me fijé, para caer en la cuenta de que no eran nuevos.
-Me los lavo yo mismo todas las noches. A la vuelta del trabajo. Y ya le diré donde me rompí la nariz.
Cuento las horas que me quedan para volver a sentarme con él.


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